Cuantas siestas contabilizaron en nuestros haberes de la infancia cuando de una forma alegre y llena de ilusión nos dormíamos encima de dos o tres cojines en esos zaguanes frescos de nuestra querida Tocina y Los Rosales. Con la puerta principal de acceso a la calle casi cerrada de forma que tan sólo una línea blanca de luz brillante cegaba a la criatura más valiente.
Zaguanes llenos de cenefas y símbolos que con nuestros diminutos dedos recorríamos como si de un camino interminable se tratara y que de forma inocente nos hacían caer en los brazos de Morfeo...
Zaguanes atrevidos, algunos llenos de pequeños azulejos con imágenes de personajes un tanto desfigurados, otros con animales de razas insospechadas y que con certeza Félix Rodríguez de la Fuente no hubiese sabido catalogar, otros con grandes dimensiones los cuales servían de cobijo a alguna bicicleta del tipo Orbea de color rojo o paragüeros de hierro forjado, otros los más humildes, pequeños pero acogedores y todos ellos protegidos por nuestra más devota estampa o imagen de Nuestra Señora.

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